Llegó el tiempo en que los árboles fueron blancos,
en que la nieve se quedaba en el suelo y podían formarse muñecos de nieve,
llegó un segundo... y parecía que iba a durar para siempre.
La nieve, blanca, fría, húmeda, tocaba mi nariz, se volvía roja y los besos no llegaban.
Te quise de verdad, no me arrepiento.
¿Por qué hacerlo? ¿Fue demasiado?
Sí, quizás dejé que mi corazón cayera,
mis barreras se descompusieron poco a poco,
piedra a piedra,
ya eran escombros,
sucios como la nieve en la ciudad,
asquerosos.
Tu olor fue como una droga, pero ahora me disgusta.
Y podría volverlo a ser.
Amar no se olvida.
Pero las barreras se han vuelto a alzar,
están reforzadas contra tu nombre,
tienen hierro y no creo que puedas derretirlo,
porque contigo,
todo a sido invierno.
Te llegué a odiar,
pasé por todas las fases,
de puntillas,
como si el suelo quemara bajo un puente colgante
de madera roída,
y quedó sólo la nieve apilada,
el frío de las noches,
el agua en los huesos
y el calor de tu cuerpo.
Porque el mío,
el mío está tan helado,
que si te atrevieras a chupar
aunque fuera un centímetro
como antaño
te quedarías pegado.
Fue divertido.
Pero ya terminó.

No hay comentarios:
Publicar un comentario